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Rodolfo

Yo ya no sé si uno compra lo último del rosarino por pura maña o con la esperanza de que se acuerde del Fito del 63. Uno espera que le vuelva apostar a un La, la, la. Que no le de miedo una letra tipo Viejo Mundo o que de algún lugar saque de nuevo el tono de La Verónica.

Entonces, uno vuelve a caer en el círculo y le agradece a novio ese Rodolfo, original, envuelto en regalo y a sólo tres días de haber salido en Bs. As. Uno vuelve a escuchar y descubre un poco de lo de siempre y un poco de lo perdido y ahí ya no queda de otra que hablar del cómo suena.

El primer paso es decir que éste se salva por el hecho de no haber tenido ninguna perlita tipo ‘Rollinga o Miranda Girl’, de haber dado en su lugar con una ‘Sofi fue una nena de papá’, con una ‘Vas conmigo’ o de ser capaz de sostener un disco entero en un piano. Me reconcilio un poco gracias a un trabajo que suena bonito y a una labor de acordes que caen donde deben caer.

Pero no hay más sin menos y la preocupación por esas letras de rima obligada en amor o por la búsqueda de similitudes de la vida con un río cual abuelo en lecho, persiste. De ahí que también sea difícil obviar la gratitud no pedida a Charly, Spinetta y Lito Nebbia. Es como esa tarjeta de día de la madre que cansa por haberla visto siete veces antes. Sin embargo, la gran contradicción es esa crítica al tiempo que no paro de escucharlo. Aguantarse aún sus más grandes equivocaciones y soportar mi depresión menstrual son quizás las dos cosas a las que mejor me he resignando todos estos años. Creo que es por eso, que al final Rodolfo, no sale de mi Ipod.

*Esta foto en la que sale con Pablo Dacal es de eugekais que tiene en su Flickr una serie de Fito como para llorar de lo maravillosa.