La dueña de casa Suscribirse por RSS Mis fotos en Flickr

Home, as we know it

Con mi viejo trabajo no había opción, el me dejaba a mi o yo lo dejaba a él. Superé el hacer tanto tema flojo, pero nunca la obsesión por los horarios, la productividad y la vigilancia de mi jefe que pasaba por mi escritorio para asegurarse de que estuviera al frente de una página de word. Quizás por eso fue tan fácil tomar la decisión de irme para la otra revista. El “trabajar en casa” me compró. Qué felicidad no tener que volver a usar despertador o hacer en mi cama la siesta que a veces tenía lugar en el baño de la oficina. Luego me di cuenta de que así como no es fácil tener jefes fachos, oh dios, cómo le hace uno de anarquista para organizarse.

El plan, imaginaba yo, era simple. Con la mitad de carga laboral, la idea era levantarme temprano para hacer ejercicio, disfrutar por fin de almuerzos inolvidables (porque nada como el sabor de hogar), cuidar el jardín, mantener este cuaderno de notas al día y, los días que me fuera bien, hornear y coser. En la práctica, el plan se convirtió en madrugadas de diez de la mañana y entrenamientos de cinco horas diarias para el mundial de procrastinación. Las seis de la tarde me agarraban sin bañarme y el fin de mes con artículos atrasados. Seriously, mi fuerza de voluntad no le alcanza ni a un sea monkey.

En el cambio, además, he perdido pequeños placeres como el de escuchar música en el bus a la siete de la mañana cuando la ciudad apenas se está levantando o llegar temprano a la oficina y sentirme, por ese solo hecho, la mujer más completa de la tierra. Unas por otras, diría mi abuela, eso es lo que me gano por poder andar en crocs de sol a sol. Seguro, muy a pesar de todo, no volvería a mi viejo oficio ni porque me ofrezcan ponerme debajo de mi escritorio una de esas neveritas llenas de comida.

Mi amigo Javier, que para cuando yo abro los ojos ya se he leído un libro, escrito dos artículos y tiene hecho el almuerzo, trata de ser, de cuando en cuando, mi coach espiritual. Yo avanzo con pasos minúsculos como si fuera un vulgar alcohólico, pero al menos ya tengo mis deberes al día. Claro, el jardín sigue muerto y todavía almuerzo horrendos sánduches de atún, pero esos serán logros de la segunda etapa. Ya los mantendremos informados.

Solsticio de vacaciones

El viaje fue todo lo que esperábamos plus unos bonus track que no estaban en los planes. Contrariando a Héctor Abad, el viaje empezó antes de irnos, pero terminó una semana después de que llegamos, tiempo necesario para deshacer la maleta y archivar en orden alfabetico en la biblioteca de mi cabeza cada uno de los 14 días que estuvimos lejos.

La Paloma fue ese lugar tranquilo al que ahora entiendo, sólo Drexler pudo haberle hecho una canción. Fue el lugar donde la habitación tenía una vista tan de mentiras que había pellizcarse los cachetes para creerla. Ese escondite donde por fin celebré un cumpleaños sin llamadas fallidas, sin regalos frustrados o tortas insípidas. Cabo Polonio en cambio fue la playa que no me dejó ver los leones marinos y que me devolvió un novio enfermo a la orilla de una carretera que parecía estar más o menos en medio de la nada.

Llegamos a Buenos Aires por ese río no tan de plata y sí muy café con leche como ahora supongo deben ser todos los ríos del mundo. Dormí sonriente de pensar que habíamos logrado lo que hacía 24 horas en Uruguay parecía imposible, pero al levantarme me di cuenta que habíamos vuelto a esa carretera olvidada cuya única salida en ese momento era el hospital más cercano.

Los siguientes tres días en lugar de museos y tiendas traté de ubicar el Farmacity más cercano y el restaurante donde vendieran puré de papa y zapallo fresco. Tomaba fotos que de vuelta al Hostal le mostraba a un novio al que le pesaba la cuchara y en secreto pedía la intervención de todos los santos que tuve que conocer para hacer la primera comunión. Todavía no sé a cuál le debo agradecer ese almuerzo en el que mientras la policía se llevaba a los chefs del restaurante y Juandiego vomitaba en el baño, valga aclarar hechos inconexos, Mer pensó que quizás sus papás nos podrían ayudar.

Y bueno, de ahí fast forward a la escena en la que a la mamá de Mer se le iluminan los ojos como se le iluminan a Gregory House cuando descubre por fin qué es lo que tiene el paciente. Fast Forward a cuando me dice desde Adrogué que la droga mágica es la misma que aparece en esa canción que le había escuchado a Fito, ocho días antes, en el teatro Solis. Así me agarró la pascua, buscando a las nueve de la noche por toda Florida un Decadrón y pidiéndole a la niña del mostrador un curso rápido de inyectología.

Cuando Juandiego ya pudo pararse solo y luego tomarme de la mano al caminar entendí que así era que me gustaba más la ciudad. Cuatro doctores y dos hospitales después respiré satisfecha y me di cuenta de que por esos días fui tan adulta como esas personas que en las mañanas toman café, leen el periódico y pagan siempre a tiempo las tarjetas de crédito. Espero nunca tener que volver encontrarme con ese álter ego.

Mientras termino este post tan largo, tan personal y tan falto de prosa como la vida misma, trato de no aburrirme con tantas cosas, de levantarme más temprano, comer menos dulce y ver cómo le voy a hacer ahora que al parecer pasaré de empleada a empleadora precoz. Mientras termino este post escucho Ximena Sariñana y pongo un punto final cuando Juandiego aparece en la puerta con la bandeja de la comida.

Notas al margen:
1. Para los que no las hayan visto aún acá están las fotos del viaje.
2. Modernois vuelve a tomar impulso, esta vez con un par de cambios y nuevos colaboradores.

Y yo ya no estoy aquí, yo voy a camino a La Paloma

Hace un año con el corazón chiquito le hice prometer a Juandiego que mi próximo cumpleaños lo celebrábamos en otro lado y acto seguido nos olvidamos del tema como quien se olvida del cumpleaños de la mamá. El episodio volvió a mi cabeza la semana pasada mientras arreglaba los papeles de lo que hoy es nuestro love trip y me alegré al darme cuenta de que, aunque sea inconscientemente, estoy lista para empezar un ciclo de reparación de promesas perdidas. Esa debe ser la razón por la que mis lágrimas, muy a pesar de los hechos recientes, no han sido más de tres, aún cuando sé que a la vuelta me va a tocar remar el amazonas.

Es así que no siendo más por el momento, nos veremos una vez más en quince días, cuando ya pueda contar cómo estuvo Fito en Montevideo; qué “recuerdo de campo y mar” nos llevamos de La Paloma y cómo fue cruzar el Rio de la Plata para llegar, con tres años de retraso, al Buenos Aires querido.

Hora Local

La historia del rock nacional, hecha con las uñas, parece dejar ver sólo algunas de las caras que perduraron en la radio a la vez que nos oculta otras que quedan a la vista únicamente de quienes se esfuerzan en escarbar. Los resultados de esta búsqueda quizás son pocos pero valiosos, entre ellos se cuenta Hora Local la banda bogotana enraizada en el muy popero año 87 que nos recuerda, con guitarras un poco desafinadas, que también existieron y que muchos de los ladrillos que construyen hoy el rock colombiano, los pusieron ellos.

La carne de esa propuesta, se nota hoy, fue siempre carne de primera. Ahí estaban, espero no se me escape ninguno, Gonzalo de Sagarmínaga, Luis Uriza, Ricardo Jaramillo (entre otras, codirector de la díscola Orquesta Filarmónica de Bogotá), Andrés Rojas, Karl Troller, Pedro Roda, Nicolás Uribe y claro Eduardo Arias antes de que Soho lo pusiera a blanquearse los dientes.

Ya va a ser un año desde que sacaron la compilación de sus ‘greatest hits’ y me tomó casi el mismo tiempo escribir sobre ese trabajo, porque Hora Local es como el agua del Distrito por estos días: hay que dejarla ‘asentarse’ para tomar la parte buena. Una vez consumido ese líquido potable lo primero que se me viene a la cabeza es que Hora Local, antes que nada, suena a Bogotá, a la Bogotá de verdad en la que se coge bus todos los días, se baja a Patio Bonito a hacer mercado y en la que se-quiere-se-odia a Chapinero.

La banda suena a lo que nadie quiere escuchar, al circo que es este país y esta ciudad. Es tal cual lo que dijo en su momento Carlos Solano “como si The Clash hubiese nacido detrás de la Iglesia de Lourdes”. Seguramente otros ya hicieron lo mismo y de pronto hasta salieron mejor librados, pero uno quiere a Hora Local porque sabe que ellos se atrevieron a hacerlo primero. Por eso y porque no les da pena meterse con Uribe.

Como valor agregado, Soluciones para todo menos para los problemas, la recopilación del año pasado, tiene un segundo disco que a manera de homenaje hacen De Lux Club, la Orquesta Sinfónica de Chapinero, Pornomotora, Telebolitos, el odiado Odio a Botero y otros tantos. Sin embargo, los highlights de ese segundo cd se lo llevan Las malas amistadas, Aterciopelados y Carlos Vives que con el cover de Londres despistó a varios y nos recordó a otros cómo era que se hacían las cosas en los tiempos de La Tele.

Lista, para el mercado

Mis habilidades en la cocina nunca han ido más allá de las mismas quince recetas. De repente una uvita más allí, un jamoncito diferente acá, pero siempre las mismas quince. La mitad ni siquiera tienen mucho mérito porque son heredadas de la forma en la que se hereda un apellido o un lunar, es decir sin pedirlo. Al final si a uno lo sentaron en un mesón desde los dos años viendo preparar comida tras comida, es sólo cuestión de tener la capacidad de coger una cuchara y ya la cosa sale por inercia.

Todo esto va a que aunque nunca intento una más de esas quince recetas, a que aunque jamás se me pasaría por la cabeza hacer una comida de más de seis opciones o intentar esferificar un mousse, la ida al supermercado fácilmente me hace el día. Buscar lo que necesito es lo que deja que valga la pena la segunda parte.

He tratado sin éxito explicar la emoción de hacer la lista en casa con cuidado y tacharla cuando encuentro cada una de las cosas. De que alguien entienda la felicidad que resulta siendo encontrar un whiskas de salmón, cambiar la marca de las galletas o acercarme con mi carrito al deli y pedir tantos gramos de ese queso colfrance confiando en que hará más ricos los sánduches. He tratado y es perdido, estoy sola en mundo.

Sin embargo, yo sigo ahí juiciosa en Carulla cada quince días, comprando como si fuera la última vez, tomándome mi tiempo y comiendo antes de llegar para luego no antojarme de todo y dañar lo que ya está planeado. Hasta me pondría mis crocs rosados si no me los escondieran cada que salgo. No puedo ser más pro, si esto fuera un deporte, yo sería campeona olímpica. De ahí mi espanto cuando a mi vecina le traen el mercado a domicilioy se pierde la muy bruta del placer que es buscar cuál de todas las clases de maíz enlatado es que la que tiene menos calorías.

Un mundo de frases cortas

Es que desde hace unos meses también se nos dio por twittear.

Nobody writes them like they used to

Quito las telarañas mientras reconozco lo que fuera durante un tiempo mi rincón favorito. Siempre hay algo que contar, pero a veces pareciera que se me olvidó cómo hacerlo aun cuando mi vida se haya vuelto un yellow submarine. Soy feliz con mi nuevo trabajo, con el viaje, con Juandiego y con Nina. Trato de volver a cogerle cariño al botón de publicar ahora que ya no necesito un despertador para levantarme y mis lecturas están al día, debe ser que de cuando en cuando necesito también un lugar donde pueda escribir sin una entradilla y usando gerundios.

Rockin' around the christmas tree


Una breve interrupción a este silencio sostenido, para decirles que Juandiego, la Nina y yo les deseamos una feliz navidad y un feliz año nuevo (insertar acá la imagen mental de los tres en el sillón, arbolito atrás, que ninguno se quiso tomar). Las cosas, para ya y para luego pintan bonito. Como todos los años, el propósito para el 2008 será desenpolvar esto.

La pluma militante

Como la mayoría de buenos libros que desfilaron ante mis ojos, La Canción del Verdugo fue, una vez más, la herencia de mi abuelo. Aunque esta fue una herencia a escondidas, (el pobre nunca pudo con el hecho de que mi a edad leyera sobre alguien como Gilmore) estoy convencida de que si hubiera estado hace unos días cuando fue la muerte de Mailer me hubiera obligado a leerlo de nuevo.

Esa especie de homenaje particular, ese ritual en el que caía cada que un escritor salía con obituario, me doy cuenta ahora, era sólo una justificación a su manía de releer libros. Me acordé de esto porque recién Radar hizo un recuento de declaraciones del escritor norteamericano y después de leerlas en lo único que pude pensar fue en dónde dejé el libro del asesino. El artículo completo está acá. Una parte fusilada abajito no más.

Por Norman Mailer

FBI: Creo que mucha gente necesita al FBI para mantenerse cuerda. Es decir, si uno quiere ser profundamente religioso –convertirse en santo, por ejemplo– uno debe arriesgarse a la locura; pero si uno, en cambio, desea huir de la locura, un método adecuado es unirse a una religión organizada. El FBI es una religión organizada.

Orgasmo: No existe sexo en gran escala si no se atraviesa un momento apocalíptico. Williams Burroughs cambió el curso de la literatura norteamericana con una sola frase. Dijo: “Vi a Dios en mi ano durante el relámpago de la lámpara del flash del orgasmo”. (Es la primera frase de El almuerzo desnudo). Se trata de una frase increíble: surgió a finales de la época de Eisenhower, se imprimió cerca de 1959 en el Big Table de Chicago. Recuerdo que la leí y pensé: “No puedo creer que acabo de leer esas palabras.” No sé decirle la cantidad de tabúes que violaban. En primer lugar, no se suponía que se podía conectar a Dios con el sexo. En segundo lugar, nunca se hablaba del ano y evidentemente no en relación con el sexo. Y si lo hacías, eras la forma más baja del pervertido. En tercer lugar, la observación era obviamente homosexual. En esos días no había costumbre de ver tales cosas impresas. Y en cuarto lugar, había allí un feo matiz tecnológico: ¿por qué tuvo que incorporar una lámpara de flash? ¿De qué naturaleza era ese orgasmo? Por primera vez alguien hablaba de la naturaleza interior del orgasmo.

La novela: El propósito último del arte es intensificar y exacerbar la conciencia moral de la gente. Pienso, en particular, que la novela es, cuando es buena, la forma más moral de las artes, porque es la más inmediata, la más insoportable, si usted quiere. La más inescapable. La novela nos cambia la vida. Ha habido, por ejemplo, matrimonios disueltos porque alguno de los dos leyó una novela y llegó a la conclusión de que la vida del personaje del libro era más interesante que la suya propia. Es doloroso leer una buena novela. Por eso hay pocos que lo hagan.

La parte de adelante

Dejarme seducir por un libro de portada deslumbrante me ha llevado a conocer las mayores vergüenzas de la literatura (así como salir con niños lindos me ha significado andar con los peores patanes) pero con todo, son esos mismos los que conservo cuando voy a un trueque. Otras veces, en cambio, mi manía da resultados. De ahí que sin referencia previa diera con el enmascarado de Mantra o la falda de pliegues perfectos de Tokio Blues.

No creo que haya necesidad de decir que pesa más la obra que la forma, lo cual es más bien obvio, pero el día que pude empezar a costearme libros de páginas bien agarraditas entendí que la pasta dura y el diseño de la cara, también contaban. Me gusta, por ejemplo, pasar y ver encima de la mesa de noche la dona gigante de Las Películas De Mi Vida. Ahí recostadita es como el encuadre ideal para una foto.

Por eso mismo quiero bastante a Punto de Lectura, por tomarse la molestia de que un libro barato tenga además buena pinta. Quizás no ocurra con toda la colección, pero lo logran bastante bien. Nada más impersonal que esos libros que parecen el tomo de una enciclopedia cualquiera. Para la muestra ahí está la nueva serie de autores colombianos de El Tiempo. “Ya sé, pongamos la foto del escritor en la portada”. Uff, genios.

Creí en algún momento que era la única que se acercaba a una repisa cuando veía una ilustración adorable, un juego de colores diferente o una foto que lo dijera todo. Escondí con un poco de vergüenza mi convicción de que las cosas casi siempre entran por los ojos hasta que vi esto y esto y entonces una parte del planeta se redimió junto a mí. Supongo que es al tiempo una especie de permiso para seguir en las mismas, al menos porque ahora ya no tengo razón de andar detrás de los patanes.

Goodbye blue brick road

Si pudiera de un tajo cortar la parte esa que dice que nací donde nací, si pudiera cambiar del registro que fue Bucaramanga mi cuna, sería feliz. Pasé por el colegio sin pena ni gloria, leía a escondidas y escuchaba vallenato en sociedad. He llegado a pensar que no es la ciudad, es la gente, por eso siempre desarrollé una propensión mayor a tener amigos imaginarios y ya luego crecidita a hablarle a las matas.

Rescaté lo poco valioso y sin culpa me desligué de todo lo que implicaba la ciudad cuando me fui. Como nunca me empezó a fastidiar todo lo que hice sin querer, todos los amigos que tuve sin sentirlo. El no verlos nunca más, es una de las campañas que me quita el sueño. Que facebook me haya enfrentado cara a cara con esa realidad me hace odiarlo más que a la misma Bucaramanga.

Pero ahí está que me encontraron varios y a otros en cambio les hice la cacería. Me di gusto al ver a la imbécil esa igual de bruta, la espié diariamente, me volví a sentir tal cual como en el colegio y tal cual me quedé sin vida. Para mi defensa, nunca fui vampiro, jamás mandé una invitación, ni tuve acuario, galaxia o jardín.

Por eso yo sigo el ejemplo y como un campaña no pedida, mi facebook, no longer exists. Juandiego, está por las mismas, sólo que por ahora él está tratando de reclutar la mayor cantidad de amigos ‘famosos’. Ya luego lo contará todo en un post. Yo muchas gracias, me quedo con lo de siempre y que me perdonen los amigos a los que les olvide el cumpleaños, pero es que mi rutina de procrastinación no aguantaba un ‘friend’ más.

Dilbert goes green

Otro día de políticas empresariales con la pobre bandeja de entrada de mi outlook como testigo. Cuánto quisiera que al menos tuvieran misericordia con las salas de redacción. Será demasiado pedir el bloqueo de correos (siempre mal redactados) llenos de lugares comunes y saturados de pluralismo tipo ‘saquemos el mejor provecho a nuestros recursos’, ‘recomendamos un manejo eficiente de programas como el mesenger’ o ‘los esperamos este viernes en la sala de juntas para celebrar el cumpleaños de…’.

Pero no hay de otra, de eso comemos mi gata y yo. De eso vive la tarjeta, la vitrina, los conciertos, los libros, el maquillaje y mi ahora pink flamingo computador. Qué más puedo hacer, si por recibir a las nueve de la mañana obras de arte como la siguiente es que puedo darme el lujo en la noche de que mi sánduche, además de mozzarella, lleve roquefort.

“La idea es Empezar a hacer un buen uso de la impresora, ya que siendo enteramente sinceros no hemos tenido el cuidado que se debe tener con el papel. Puede que todo lo que escriba suene a regaño o a pereque, pero créanme que no es solo por el hecho de evitar el consumo de tinta innecesario sino por un cuidado con nuestro medio ambiente y tanto bosque que día a día talan en todo el mundo solo para sacar nuestras hojas, y si no tenemos cuidado creo que no nos espera un futuro muy agradable a nosotros y a los hijos que tenemos o tendremos en un futuro.”*

Dios bendiga los departamentos administrativos.

*(sic)

Cierre

Que es igual a ver la vida en caracteres o a escribir 30 mil en tres días. Sumarle a eso los 300 de este post (he desarrollado entre otras una capacidad asombrosa de detectar esa cantidad con sólo mirar el número de líneas). Después de mañana mis dedos van a necesitar un spa.

Rodolfo

La razón por la que nunca había existido acá un post tipo reseña musical es por la falta de autoridad moral que puede tener una persona que a escondidas escucha Alejandro Sanz. Pero esta, como muchas otras, es una entrada que estaba en deuda y que salió cuando me di cuenta de dos cosas; que 18 álbumes (oficiales) después yo ya puedo hablar casi con propiedad de Fito Páez y que, dos, es algo que igual mi yo de carne y hueso hace todo el tiempo.

La primera salvedad es la misma que hacemos todos los que todavía escuchamos al ex de la Roth, pues en este punto yo ya no sé si uno compra lo último del rosarino por pura maña o con la esperanza de que se acuerde del Fito del 63. Uno espera que le vuelva apostar a un La, la, la, que no le de miedo una letra tipo Viejo Mundo o que de algún lugar saque de nuevo el tono de La Verónica.

Entonces, uno vuelve a caer en el círculo y le agradece a novio ese Rodolfo, original, envuelto en regalo y a sólo tres días de haber salido en Bs. As. Uno vuelve a escuchar y descubre un poco de lo de siempre y un poco de lo perdido y ahí ya no queda de otra que hablar del cómo suena.

El primer paso es decir que éste se salva por el hecho de no haber tenido ninguna perlita tipo ‘Rollinga o Miranda Girl’, de haber dado en su lugar con una ‘Sofi fue una nena de papá’, con una ‘Vas conmigo’ o de ser capaz de sostener un disco entero en un piano. Me reconcilio un poco gracias a un trabajo que en conjunto suena bonito y a una labor de acordes que caen donde deben caer.

Pero no hay más sin menos y la preocupación por esas letras de rima obligada en amor o por la búsqueda de similitudes de la vida con un río cual abuelo en lecho, persiste. De ahí que también sea difícil obviar la gratitud no pedida a Charly, Spinetta y Lito Nebbia. Es como esa tarjeta de día de la madre que cansa por haberla visto siete veces antes.

Sin embargo, la gran contradicción es esa crítica al tiempo que no paro de escucharlo. Aguantarse aún sus más grandes equivocaciones y soportar mi depresión menstrual son quizás las dos cosas a las que mejor me he resignando en esta vida. Creo que es por eso, que al final Rodolfo, no sale de mi Ipod.

Paperwork

El asunto no está en que por lo general todas las dinámicas de distensión empresariales son una mierda. El tema no es que correr o bailar en diez metros cuadrados a las cinco y media de la tarde, aún con la corbata puesta, es ridículo. La vergüenza no radica en que al final se dejó absorber por el sistema. El gran error fue que mientras usted trataba de hacer la coreografía de Thriller al final de su jornada laboral como una de las nuevas ocurrencias del departamento de RRHH para liberar el estrés, alguien al otro lado del edificio no sólo estaba delirando de dicha de no haber probado el mundo del trabajo de escritorio, sino que además lo estaba grabando con su no tan bien librado celular. Y luego dicen que englobarme mirando la ventana no tiene sus beneficios.

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(sorry la resolución, el celular no daba para tanto)