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Hay días en los que pareciera que tengo la existencia con el botón de pausa activado. Me lleno de risas pendientes mientras respiro con este aire de drama tan Sylvia Plath y tan mío también. Es un dejo de tristeza que me hace sentir de cierta forma más ‘real’. Pero desde que me enfermé en enero, ya ni sé.
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Son tiempos raros. Ya van tres meses desde que renuncié al periódico y a la sociedad. Dejé de hacer lo que más me gusta hacer para poder conciliar el sueño sin echar mano del jugo de manzana, la valeriana o las pastillas de melatonina. Cambié la dulce agonía de encontrar la nota perfecta por pequeñas acontecimientos domésticos y, salvo contados astericos, lo disfruto.
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El mundo era mejor cuando todos creíamos que los blogs no servían para nada. A nadie le importaba si llenábamos un vacío, si cumplíamos una función. La cosa era simple así como dos + dos es igual a cuatro. Uno sencillamente se prendaba de lo que hubiera por ahí. Uno hacía malabares con los nulos conocimientos de html sólo para poner a un lado los blogs que sagradamente visitaba todos los días. Y claro, uno se enamoraba del primer personaje que supiera pegar medianamente bien tres palabras, sin imaginarse que en un futuro lejano iba a tener que hacerle la comida todas las noches.
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Esta semana Javier estuvo acá, ayer nos vimos con él. Habíamos quedado de encontrarnos a las seis y media y apareció con Juandiego una hora después. El tráfico, se excusan ambos, pero vaya uno a saber qué hicieron en ese lapso. Javier es algo así como mi mejor amigo, lo que mal mirado puede ser una extrañeza si se tiene en cuenta que vive en otro continente y que la última vez que nos vimos fue hace dos años y medio. Pero bueno, yo me conformo creyendo que las infinitas horas que pasamos en gtalk compensan todas esas comidas pendientes.
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Desde que publico los scrapbooks me obligo a hacer, además de ese, otro post semanal. Quisiera decir que se trata de mi doméstico taller gramatical, pero tengo que admitir que el compromiso obedece a un tema meramente estético. No soporto ver dos scrapbooks seguidos, me agarra la de control freak y siento que el blog necesita párrafos repolludos y fotos rectangulares que me hagan única e irrepetible.
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No hay libro bueno que emocione más que el encontrado en una feria de saldos. Con el corazón brincando por dentro, uno lo coge como si nada, como haciéndose el pendejo y luego ya pagado y con un pie fuera de la librería, lo único que queda es sentirse Cristóbal Colón.
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Uno se gasta la existencia conquistando espacios. Tratando de hacerse a una silla en el bus. Convenciendo al diseñador de que le baje a esa foto para meter 300 caracteres más. Siendo la primera en llevar la bicicleta a esa nueva rejilla que pusieron en el parqueadero. Peleando con Juandiego en la madrugada para que me devuelva la cobija y con la gata para que no me saque de la cama.
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Uno sabe que ha perdido toda esperanza cuando empieza a ir al homeópata. Pero qué más da, yo que vivo de dolor en dolor y de pastilla en pastilla sin ver que la cosa mejore, tuve que ceder. Eso sí, hubiera querido que antes de ir a la primera consulta alguien me hubiera avisado que me iban a quitar de golpe todas mis droguitas para remplazarlas por unas gotas que en las noches me dejan la boca oliendo a aguardiente.
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Nunca me voy a acostumbrar a estar en una junta directiva. He tratado de entender palabras como pyg, activos, pasivos o patrimonio, pero al final termino inventando nuevas figuras geométricas en mi cuaderno durante tres horas. Tampoco he aprendido, como el resto, a dejar el corazón en la puerta, así como se dejan los zapatos cuando está recién lavada la alfombra de mi casa. Pero al final eso es lo de menos. El problema de las juntas directivas es que uno sale con la certeza de que el periódico que soñamos, no es el periódico que paga las cuentas.
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