Home, as we know it
Con mi viejo trabajo no había opción, el me dejaba a mi o yo lo dejaba a él. Superé el hacer tanto tema flojo, pero nunca la obsesión por los horarios, la productividad y la vigilancia de mi jefe que pasaba por mi escritorio para asegurarse de que estuviera al frente de una página de word. Quizás por eso fue tan fácil tomar la decisión de irme para la otra revista. El “trabajar en casa” me compró. Qué felicidad no tener que volver a usar despertador o hacer en mi cama la siesta que a veces tenía lugar en el baño de la oficina. Luego me di cuenta de que así como no es fácil tener jefes fachos, oh dios, cómo le hace uno de anarquista para organizarse.El plan, imaginaba yo, era simple. Con la mitad de carga laboral, la idea era levantarme temprano para hacer ejercicio, disfrutar por fin de almuerzos inolvidables (porque nada como el sabor de hogar), cuidar el jardín, mantener este cuaderno de notas al día y, los días que me fuera bien, hornear y coser. En la práctica, el plan se convirtió en madrugadas de diez de la mañana y entrenamientos de cinco horas diarias para el mundial de procrastinación. Las seis de la tarde me agarraban sin bañarme y el fin de mes con artículos atrasados. Seriously, mi fuerza de voluntad no le alcanza ni a un sea monkey.
En el cambio, además, he perdido pequeños placeres como el de escuchar música en el bus a la siete de la mañana cuando la ciudad apenas se está levantando o llegar temprano a la oficina y sentirme, por ese solo hecho, la mujer más completa de la tierra. Unas por otras, diría mi abuela, eso es lo que me gano por poder andar en crocs de sol a sol. Seguro, muy a pesar de todo, no volvería a mi viejo oficio ni porque me ofrezcan ponerme debajo de mi escritorio una de esas neveritas llenas de comida.
Mi amigo Javier, que para cuando yo abro los ojos ya se he leído un libro, escrito dos artículos y tiene hecho el almuerzo, trata de ser, de cuando en cuando, mi coach espiritual. Yo avanzo con pasos minúsculos como si fuera un vulgar alcohólico, pero al menos ya tengo mis deberes al día. Claro, el jardín sigue muerto y todavía almuerzo horrendos sánduches de atún, pero esos serán logros de la segunda etapa. Ya los mantendremos informados.











